Su contemplación de Jesús
San Carlos Borromeo
Vercelli, 3 de septiembre de 1583
Oh, dulce Jesús,amigo afectuoso, hermano, esposo,
¿es posible que haya quien no
se conmueva con tus palabras
y no se enternezca
viendo tus heridas y tu sangre?
¿Cómo puedo permitir que tú sigas llamando sin descanso?
Entra, entra en tu casa, en tu estancia:
aspérjame, lávame,
embriágame con tu sangre,
para que pueda estar siempre contigo
y jamás vuelva a alejarme.
Abre, oh Señor,
el oído y el corazón de tus fieles,
para que escuchen tus llamadas,
te busquen con urgencia durante toda su vida,
te hallen,
te lleven con ellos
y jamás dejen que te alejes:
te custodien en su interior como algo propio,
hasta el momento en que tú los conduzcas a tu reino,
donde gozarán eternamente.
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